domingo, 16 de noviembre de 2014

El tesoro de la montaña

Que podrá haber en el pie de esa montaña- se preguntaba Carlitos mientras miraba desde el patio de su casa las montañas y el pequeño valle que estaba un poco más abajo y por donde pasaba un riachuelo que brillaba como un hilo de oro con la luz del sol en el día y como un hilo de plata en las noches de luna llena. Carlitos era un niño que vivía con sus padres en una casita rodeada de jardines de todos los colores. Allí también vivía su hermano mayor, Fernando, que siempre le hacía pasar malos momentos con sus bromas bastante pesadas algunas veces. Tenía un aspecto de picarón y travieso con su pelo enmarañado y amarillento, pues no tenía un color definido. De hecho parecía que su pelo cambiaba de colores, ya que cuando se peinaba y arreglaba bien, parecía rubio, pero cuando estaba desarreglado parecía un color café claro sin gracia. Su cara llena de pecas en ese rostro tan blanco le daban un aspecto de travieso y claro que lo era.
 -¿Porque mi mamá me prohíbe ir allá?- seguía preguntándose para sí -¡Caliche! ¡Caliche!-  los llamados de su amigo le sacaron de sus pensamientos y a la vez recordó que tenían una tarea que hacer con su compañero. López, que así llamaban a su mejor amigo ya que en el aula de clases había dos con el mismo nombre “Juan Esteban”, por lo tanto para no caer en confusiones le llamaron con su apellido. Era algo temeroso pero bastante dicharachero. Los dos pasaban momentos inolvidables aunque se ganaban sus merecidos por sus bribonadas.
Ese día la tarea de naturales era sobre los ecosistemas, así que debían buscar un ecosistema y escribir algunas características del lugar. Esta era la oportunidad para ir a aquel lugar al que nadie quería ni mencionar, el cimiento de la montaña. –Mamá vamos al arroyito para hacer la tarea—no se demoren—contesto su madre. Antes de salir miro el reloj de la sala eran las cuatro y doce minutos de la tarde --por ahí en una hora volveremos- le cuchicheó López y salieron como caballos desbocados cuando los sueltan del corral. En su corrida los cuadernos de López salieron disparados de su bolso y fueron a parar al único charco que había en el arroyo, así que los pusieron sobre una roca para que se secaran y mientras tanto comenzaron a atrapar grillos en el pastizal a lanzar piedras contra los pájaros y persiguiéndose amenazándose con un palo.
Al poco tiempo se encontraban, como si una mano invisible los llevara, al frente de aquella montaña. A Carlitos le corrió un frio por todo el cuerpo, --viste un fantasma—no, mira allá—le dice Carlitos señalando la maleza que le daba nacimiento a aquella gran montaña. ¡Ay! -Exclamó López- vámonos antes que nos ganemos otra “pela”- y antes de que saliera corriendo López, lo agarró de su mano –espera ¿porque no miramos? podemos mirar la tarea allí. Levantaron la mirada  hacia su casa, pero no vieron a nadie. Se abrieron paso entre los matorrales y cuál fue su gran sorpresa cuando ante sus ojos se destapa una enorme cueva escondida entre los matorrales. Esta cueva parecía que iba a lo profundo de aquella inmensa montaña. –Ya pasó mucho tiempo- sugirió López. –Solo asomémonos a la entrada y nos vamos- agregó Carlitos. A paso lento lograron apartar los últimos matorrales para pararse en la entrada de aquella caverna. Parecía muy vieja y sin ningún atractivo. Pero había algo que llamaba la atención y que a la vez los paralizo, una pequeña luz parecía resplandecer al final de esa cueva. Salieron corriendo con un terror que en su huida Carlitos tropezó con una raíz y salió dando botes mientras descendía, pero era tanto el susto que no sintió ningún dolor. Solo hasta que llegó al lado de la roca donde estaban los cuadernos de López, fue que se dio cuenta del raspón que tenía en su brazo. Se despidieron y Carlitos salió a su casa, al entrar miro el reloj, pero tuvo que volver a mirarlo, apenas eran las cuatro y veinticinco -¿Cómo te fue Carlitos?—Bien- escasamente contestó.
Esa noche se acostó pensando en la luz que parpadeaba dentro de la caverna. A media noche se despertó de un salto y rápidamente se asomó por la ventana. La luna estaba llena y el arroyuelo brillaba como hilo de plata. Pero sus ojos rápidamente buscaron el matorral al pie de la montaña, - no puede ser cierto- pensó haciendo una negación con su cabeza. Pero ante sus ojos asombrados apareció una tenue luz que parecía ir creciendo. Se tiró de un salto en su cama y se cubrió hasta la cabeza.
¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí! -Escuchó Carlitos a lo lejos el canto del gallo colorado al que le tenía unas ganas de guisarlo en un sancocho pues no dejaba dormir. -Carlitos es hora de que te bañes- gritó la mamá desde la cocina, -ya voy- contestó restregándose los ojos. Estaba todavía sentado en la cama y todavía tenía en su mente esa extraña luz que vio en aquella vieja cueva, abrió la ventana y… allí estaba el sol saliendo por la cumbre de aquella insólita montaña y el arroyuelo se teñía de ese amarillo brillante como oro. Es en ese momento que se le vino a la mente el cuento que leyó la semana pasada donde un pirata escondió un gran tesoro en el pie de una gran montaña, pero aquel pirata no volvió por aquel tesoro y con el tiempo salió una fuente de agua de aquella montaña la cual era dorada y todo aquel que recogía un poco se convertía en oro. Así que un hombre avaro para tomar toda la riqueza de una vez hizo una gran abertura que hizo secar  aquella fuente de oro y salía solo agua pura y fresca.
Ese día Carlitos solo paso pensando en ir en la tarde a aquella cueva y seguro allí encontraría un tesoro tan grande que podría irse a viajar por el mundo entero. Llegó a un acuerdo con López de volver a aquella cueva y entre los dos se repartirían el botín. Esa tarde  los dos se prepararon escondieron una pala y varios sacos que llenarían con los tesoros que encontrarían en esa cueva y le dijo a su mamá que irían a realizar otra vez la tarea.
Llegaron más cautelosamente que la vez anterior, traían la pala y los sacos y se imaginaban arrastrando esos costales llenos de oro. Al llegar a la entrada lo primero que notaron es que la luz estaba más radiante que el día anterior, parece que el tesoro quería que lo encontraran. López no quería entrar así que Carlitos lo arrastró adentro mientras que López se agarraba de lo que encontraba -yo no quiero morir- cuchichiaba pues el miedo no lo dejaba gritar. – Vamos que vamos a ser ricos- le decía a la vez Carlitos.
Entre más avanzaban la luz se hacía más grande y el entusiasmo de Carlitos se fue convirtiendo poco a poco en un pavor impresionante, sintió un frio que le puso los pelos de punta y fue en ese momento que quiso salir corriendo pero sentía que dos fuertes lazos apretaban sus piernas y estas no le respondieron. No podía ser cierto y donde estaba López iba a comenzar a llamarlo cuando vio que era López, que le tenía maniatado, pues estaba abrazando sus piernas en un solo temblor. Cuando logro calmarlo quisieron salir corriendo cuando escucharon la voz de un anciano que les detenía- espeeereeeen- . No movieron ni un musculo. Solo miraron como un personaje salía de las penumbras y se colocaba enfrente de la luz, solo veían la sombra de una persona de larga barba. ¿A que han venido? ¿Para qué esos elementos? Preguntó señalando los costales y la pala.


–Es para el tesoro, pero ya no… ya nos vamos- fueron a dar media vuelta cuando sintieron dos manos sobre sus hombros, se miraron uno al otro esperando ver la mano del otro, pero no - Si quieren el tesoro se lo pueden llevar síganme- les dijo el anciano. – No gracias ya nos vamos- dijo López. – Deben seguirme- insistió. Abrió una puerta que parecía que nunca se había abierto pues su chirrido era ensordecedor. – Pueden llevarse el tesoro- cuál sería su sorpresa y su decepción a la vez al ver un salón inmenso lleno de libros. La biblioteca más grande que nunca hubieran visto con libros de todos los colores y tamaños. –Aquí está el mayor de todos los tesoros- les dijo aquel anciano mostrándoles la inmensa cantidad de libros-  que con la luz del salón se dieron cuenta que era un personaje bonachón y parecía tener imagen de mago. Los niños salieron bastante desilusionados pero cada tarde llegaban a aquel lugar a leer y a que el anciano les contara historias increíbles. Solo el tiempo dirá que valor tendría aquel tesoro.

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