Que podrá haber en el pie de esa montaña- se preguntaba
Carlitos mientras miraba desde el patio de su casa las montañas y el pequeño
valle que estaba un poco más abajo y por donde pasaba un riachuelo que brillaba
como un hilo de oro con la luz del sol en el día y como un hilo de plata en las
noches de luna llena. Carlitos era un niño que vivía con sus padres en una
casita rodeada de jardines de todos los colores. Allí también vivía su hermano
mayor, Fernando, que siempre le hacía pasar malos momentos con sus bromas
bastante pesadas algunas veces. Tenía un aspecto de picarón y travieso con su
pelo enmarañado y amarillento, pues no tenía un color definido. De hecho parecía
que su pelo cambiaba de colores, ya que cuando se peinaba y arreglaba bien, parecía rubio, pero cuando estaba desarreglado parecía un color café claro sin
gracia. Su cara llena de pecas en ese rostro tan blanco le daban un aspecto de
travieso y claro que lo era.
-¿Porque mi mamá me
prohíbe ir allá?- seguía preguntándose para sí -¡Caliche! ¡Caliche!- los llamados de su amigo le sacaron de sus
pensamientos y a la vez recordó que tenían una tarea que hacer con su
compañero. López, que así llamaban a su mejor amigo ya que en el aula de clases
había dos con el mismo nombre “Juan Esteban”, por lo tanto para no caer en
confusiones le llamaron con su apellido. Era algo temeroso pero bastante dicharachero.
Los dos pasaban momentos inolvidables aunque se ganaban sus merecidos por sus
bribonadas.
Ese día la tarea de naturales era sobre los ecosistemas, así
que debían buscar un ecosistema y escribir algunas características del lugar.
Esta era la oportunidad para ir a aquel lugar al que nadie quería ni mencionar,
el cimiento de la montaña. –Mamá vamos al arroyito para hacer la tarea—no se
demoren—contesto su madre. Antes de salir miro el reloj de la sala eran las
cuatro y doce minutos de la tarde --por ahí en una hora volveremos- le
cuchicheó López y salieron como caballos desbocados cuando los sueltan del
corral. En su corrida los cuadernos de López salieron disparados de su bolso y
fueron a parar al único charco que había en el arroyo, así que los pusieron
sobre una roca para que se secaran y mientras tanto comenzaron a atrapar
grillos en el pastizal a lanzar piedras contra los pájaros y persiguiéndose
amenazándose con un palo.
Al poco tiempo se encontraban, como si una mano invisible
los llevara, al frente de aquella montaña. A Carlitos le corrió un frio por
todo el cuerpo, --viste un fantasma—no, mira allá—le dice Carlitos señalando la
maleza que le daba nacimiento a aquella gran montaña. ¡Ay! -Exclamó López-
vámonos antes que nos ganemos otra “pela”- y antes de que saliera corriendo
López, lo agarró de su mano –espera ¿porque no miramos? podemos mirar la tarea
allí. Levantaron la mirada hacia su
casa, pero no vieron a nadie. Se abrieron paso entre los matorrales y cuál fue
su gran sorpresa cuando ante sus ojos se destapa una enorme cueva escondida
entre los matorrales. Esta cueva parecía que iba a lo profundo de aquella
inmensa montaña. –Ya pasó mucho tiempo- sugirió López. –Solo asomémonos a la
entrada y nos vamos- agregó Carlitos. A paso lento lograron apartar los últimos
matorrales para pararse en la entrada de aquella caverna. Parecía muy vieja y
sin ningún atractivo. Pero había algo que llamaba la atención y que a la vez
los paralizo, una pequeña luz parecía resplandecer al final de esa cueva.
Salieron corriendo con un terror que en su huida Carlitos tropezó con una raíz
y salió dando botes mientras descendía, pero era tanto el susto que no sintió
ningún dolor. Solo hasta que llegó al lado de la roca donde estaban los
cuadernos de López, fue que se dio cuenta del raspón que tenía en su brazo. Se
despidieron y Carlitos salió a su casa, al entrar miro el reloj, pero tuvo que
volver a mirarlo, apenas eran las cuatro y veinticinco -¿Cómo te fue
Carlitos?—Bien- escasamente contestó.
Esa noche se acostó pensando en la luz que parpadeaba dentro
de la caverna. A media noche se despertó de un salto y rápidamente se asomó por
la ventana. La luna estaba llena y el arroyuelo brillaba como hilo de plata.
Pero sus ojos rápidamente buscaron el matorral al pie de la montaña, - no puede
ser cierto- pensó haciendo una negación con su cabeza. Pero ante sus ojos
asombrados apareció una tenue luz que parecía ir creciendo. Se tiró de un salto
en su cama y se cubrió hasta la cabeza.
¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí! -Escuchó Carlitos a lo lejos el
canto del gallo colorado al que le tenía unas ganas de guisarlo en un sancocho
pues no dejaba dormir. -Carlitos es hora de que te bañes- gritó la mamá desde
la cocina, -ya voy- contestó restregándose los ojos. Estaba todavía sentado en
la cama y todavía tenía en su mente esa extraña luz que vio en aquella vieja
cueva, abrió la ventana y… allí estaba el sol saliendo por la cumbre de aquella
insólita montaña y el arroyuelo se teñía de ese amarillo brillante como oro. Es
en ese momento que se le vino a la mente el cuento que leyó la semana pasada
donde un pirata escondió un gran tesoro en el pie de una gran montaña, pero
aquel pirata no volvió por aquel tesoro y con el tiempo salió una fuente de
agua de aquella montaña la cual era dorada y todo aquel que recogía un poco se convertía
en oro. Así que un hombre avaro para tomar toda la riqueza de una vez hizo una
gran abertura que hizo secar aquella
fuente de oro y salía solo agua pura y fresca.
Ese día Carlitos solo paso pensando en ir en la tarde a
aquella cueva y seguro allí encontraría un tesoro tan grande que podría irse a
viajar por el mundo entero. Llegó a un acuerdo con López de volver a aquella
cueva y entre los dos se repartirían el botín. Esa tarde los dos se prepararon escondieron una pala y
varios sacos que llenarían con los tesoros que encontrarían en esa cueva y le
dijo a su mamá que irían a realizar otra vez la tarea.
Llegaron más cautelosamente que la vez anterior, traían la
pala y los sacos y se imaginaban arrastrando esos costales llenos de oro. Al llegar
a la entrada lo primero que notaron es que la luz estaba más radiante que el
día anterior, parece que el tesoro quería que lo encontraran. López no quería entrar
así que Carlitos lo arrastró adentro mientras que López se agarraba de lo que
encontraba -yo no quiero morir- cuchichiaba pues el miedo no lo dejaba gritar. –
Vamos que vamos a ser ricos- le decía a la vez Carlitos.
Entre más avanzaban la luz se hacía más grande y el
entusiasmo de Carlitos se fue convirtiendo poco a poco en un pavor
impresionante, sintió un frio que le puso los pelos de punta y fue en ese
momento que quiso salir corriendo pero sentía que dos fuertes lazos apretaban
sus piernas y estas no le respondieron. No podía ser cierto y donde estaba
López iba a comenzar a llamarlo cuando vio que era López, que le tenía maniatado,
pues estaba abrazando sus piernas en un solo temblor. Cuando logro calmarlo
quisieron salir corriendo cuando escucharon la voz de un anciano que les detenía-
espeeereeeen- . No movieron ni un musculo. Solo miraron como un personaje salía
de las penumbras y se colocaba enfrente de la luz, solo veían la sombra de una
persona de larga barba. ¿A que han venido? ¿Para qué esos elementos? Preguntó señalando
los costales y la pala.
–Es para el tesoro, pero ya no… ya nos vamos- fueron a dar
media vuelta cuando sintieron dos manos sobre sus hombros, se miraron uno al
otro esperando ver la mano del otro, pero no - Si quieren el tesoro se lo
pueden llevar síganme- les dijo el anciano. – No gracias ya nos vamos- dijo
López. – Deben seguirme- insistió. Abrió una puerta que parecía que nunca se había
abierto pues su chirrido era ensordecedor. – Pueden llevarse el tesoro- cuál
sería su sorpresa y su decepción a la vez al ver un salón inmenso lleno de
libros. La biblioteca más grande que nunca hubieran visto con libros de todos
los colores y tamaños. –Aquí está el mayor de todos los tesoros- les dijo aquel
anciano mostrándoles la inmensa cantidad de libros- que con la luz del salón se dieron cuenta que
era un personaje bonachón y parecía tener imagen de mago. Los niños salieron bastante
desilusionados pero cada tarde llegaban a aquel lugar a leer y a que el anciano
les contara historias increíbles. Solo el tiempo dirá que valor tendría aquel
tesoro.